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La tribu maldita, de Víctor Fernández Correas


"Hubo un tiempo en el que el hombre no fue el único dueño de la tierra.
Hubo un tiempo en el que el hombre tuvo que disputar su territorio con los animales para sobrevivir.
Hubo un tiempo en el que el hombre vivió con miedo.
Hubo un tiempo en el que, después de contemplar las estrellas, el hombre cerraba los ojos y solo esperaba abrirlos hasta el día siguiente para ver el sol.Hubo un tiempo en que el hombre aprendió a ser hombre"      

De esta forma tan prometedora como plástica y contundente empieza La tribu maldita (Temas de Hoy Novela, 2012), la segunda novela de Víctor Fernández Correas. La historia transcurre en la prehistoria española, concretamente hace 400.000 años, y está ambientada en la burgalesa sierra de Atapuerca y basada en los fósiles de homo heidelbergensis encontrados en el yacimiento de la Sima de los Huesos. Fernández Correas nos cuenta la historia de la tribu del chamán Anar en busca de una tierra mejor donde vivir. A través del propio Anar, del cazador Kamu, de su hijo Numu y de la misteriosa pelirroja Kanai, que parece atraer la desgracia sobre todo el que se le acerca, el autor desgrana los avatares de un grupo particular que se extrapolan a las andanzas de la especie en general y que tratan de poner explicación novelada a la excepcional acumulación de cadáveres con una sola pieza de industria lítica (el bifaz Excalibur) encontrada en la Sima de los Huesos.

La novela va de menos a más (de lo particular del grupo a lo general de la especie) en un ritmo no demasiado frenético ni con una tensión desmedida pero sí constante: como una especie de selección natural aplicada a la ficción literaria. Como si la propia novela estuviera escrita en sí como un proceso evolutivo de personajes, ambientes y de su propia forma interna. Igual que el proceso evolutivo, el final de La tribu maldita es abierto. Y puesto que la evolución no es lineal, en el libro las historias se ramifican aunque haya una línea argumental predominante y clara.

Entrando en detalles, hay tres motivos que la hacen no sólo recomendable, sino imprescindible.

El primero es que La tribu maldita está muy bien escrita. Y no es poca cosa: no todos los libros que se publican están bien escritos desde el punto de vista meramente lingüístico y formal. Víctor Fernández Correas utiliza un lenguaje rico y a la vez sencillo y comprensible para el lector medio, con el que consigue enganchar a la historia del clan de Anar y, al mismo tiempo, hacer una sutil labor de divulgación científica a través de la literatura de ficción. Leer La tribu maldita hace desear aprender un poco más sobre los fósiles que inspiran la novela y sobre el conjunto de yacimientos de la sierra de Atapuerca.

Lo segundo a tener en cuenta es el rigor científico con el que está urdida la trama. Es una novela escrita desde el conocimiento y eso se nota. A partir de la literatura científica existente sobre los yacimientos (y que es harto extensa), Víctor ofrece a lo largo de 480 páginas una reproducción fiel de lo que se sabe sobre los paisajes, la vegetación, los animales y sobre todo de los grupos humanos que coexistían hace 400.000 años en la península ibérica, con sus peculiaridades evolutivas y psicológicas. La tribu maldita nos permite asomarnos al modo de vida de los homínidos de hace 400.000 años en cuanto que cazadores y recolectores, a sus hogares, a su industria y economía pero, sobre todo, a su organización abstracta como grupo humano, a sus creencias, a su hipotética e incipiente mente simbólica, a sus miedos, sus sentimientos. Y lo hace para permitirnos entrever aquello que empezaba a hacerlos humanos.

Víctor cuida en este sentido los detalles hasta el punto de elaborar un lenguaje propio de las tribus de la época basado en las evidencias científicas sobre sus capacidades cerebrales y cognitivas y las características de sus aparatos fonador y auditivo. El detalle se concreta en un lenguaje que se glosa al final del libro en treinta y siete palabras a través de las que la tribu de Anar y sus coetáneas se comunican entre ellas y empiezan a nombrar aquello que les rodea. Y sobre todo, nos lo traen a nosotros de una manera creíble, hasta el punto de que cuando la novela acaba deja la impronta de que, ciertamente, eso pudo ser así. Ni los nombres de los personajes parecen elegidos al azar.

Semejante grado de detalle sólo es posible gracias a un descomunal trabajo de documentación previo a la novela. El que Víctor demuestra en La tribu maldita es ejemplar y de agradecer. Para completar el trabajo de divulgación, el autor incluye al final una nota especial en la que se habla, en clave científica y no ya de ficción, de los yacimientos, la especie humana y los miembros en concreto que han motivado la novela. Muy acertado incluir esta parte que, si bien satisface la curiosidad, deja con ganas de más. Y eso, en este caso, es bueno.

La tercera razón por la que es una delicia leer La tribu maldita es que, más allá de la historia de supervivencia que vertebra la novela (el sueño de Anar en busca de una tierra de promisión para su pueblo en lo que recuerda, en un paralelismo con las Sagradas Escrituras, al periplo de Moisés buscando lo propio para el pueblo de Israel), lo verdaderamente valioso es, bajo mi punto de vista, que permite al lector meterse en la cabeza de homínidos que vivieron en Atapuerca hace 400.000 años y comprender mejor cómo era su vida y cómo funciona la evolución, sobre todo mental.

Para lograr todo eso, Víctor ha hecho un espléndido ejercicio de objetividad, presentándonos a los personajes bajo el propio prisma de su especie y no de la nuestra, sin comparaciones, mostrando en todo momento una historia carente de prejuicios de especie. Cabe destacar en este sentido que el autor ha dibujado con pocos mimbres personajes complejos (y no planos, como se encuentra en otras novelas del género), que huyen de los estereotipos de especie sin abandonar la esencia de la misma (Fernández Correas nos presenta personajes bien definidos conforme a su especie y desarrollo cerebral pero dejando margen para la evolución hacia un mayor grado de humanización), personajes que se desarrollan conforme va transcurriendo la novela y con quienes incluso podemos sentirnos identificados, pues tienen los mismos miedos e incertidumbres sobre la vida que nosotros, solo que a su manera.

Hace tiempo leí a Juan Luis Arsuaga, codirector de las excavaciones de Atapuerca y quien lidera el equipo de la Sima de los Huesos (de donde proceden los fósiles que inspiran la novela, recordemos) unas declaraciones en las que decía que a él le gusta pensar que la paleontología es una ciencia que habla de personas que vivieron hace muchos años, no de personas que murieron hace muchos años. La tribu maldita hace buena esta filosofía. Y es, en suma, una novela a la altura de los yacimientos que la inspiran.

A los quince años, nuestra profesora de Lengua del instituto nos hizo leer El Clan del Oso Cavernario, primera novela de la exitosa saga prehistórica de Jean M. Auel. Ese mismo año, nuestro profesor de Filosofía nos mandó leer La especie elegida, primer libro de Juan Luis Arsuaga e Ignacio Martínez sobre evolución a partir de lo descubierto en la sierra de Atapuerca. Desde que leí el primero de la saga del Clan del Oso Cavernario (que he devorado entera) tenía el deseo de que alguien escribiera una novela prehistórica ambientada en Atapuerca. A los quince años me apasioné por la evolución, desde los puntos de vista científico y literario. He de decir que, personalmente, La tribu maldita es esa novela que estaba esperando. Y me gusta pensar que, de poder contarnos lo que sucedió en la Sima de los Huesos hace 400.000 años, Anar, Kamu, Numu y Kanai nos dirían que sucedió exactamente así.

Publicado por Casiopea    

La ladrona de libros, de Markus Zusak


“Primero los colores. Luego los humanos. Así es como acostumbro a ver las cosas. O, al menos, así intento verlas”       

Con estas aparentemente inocuas y sencillas palabras comienza Markus Zusak la narración de La ladrona de libros (Mondadori, 2007), una novela que sorprende ya desde la primera página. Porque, tras las cuatro frases del principio llega el “pequeño detalle” que nos presenta a la verdadera narradora y que marcará toda la trama: es la Muerte quien, de manera brillante y original, cuenta la historia de Liesel Meminger y se sirve de ella y de la literatura para hablar del horror de la Alemania nazi en la época de la Segunda Guerra Mundial. 

Pero, hagamos las cosas bien. 

Como diría la Muerte: primero los personajes. Después la historia. 

Los principales, sobre los que gira toda la trama, son cinco: Liesel (alias “saumensch” y ladrona de libros de brillante carrera), Hans y Rosa Hubermann (alias los padres adoptivos de Liesel), Max (alias el judío del sótano que debe morir y escribe una historia para Liesel en las páginas de Mein Kampf) y Rudy Steiner (alias “saukerl” e imitador de Jessy Owens). 

Junto a estos cinco, Zusak despliega una constelación de secundarios imprescindibles para el desarrollo de la historia. En La ladrona de libros no hay lugar para el azar. Al fin y al cabo, es la Muerte quien ejerce de maestra de ceremonias. Y ella siempre cuida los detalles. 

Ahora sí, vamos con la historia. 

Liesel llega a Molching, un pueblecito cercano a Múnich, cuando ya ha robado el primer libro. Y en un cementerio, nada menos. Vive en casa de los Hubermann, sus padres adoptivos. El señor Hubermann es pintor, aunque su verdadera vocación es tocar el acordeón, algo que aprendió del judío Erik durante la Primera Guerra Mundial. La señora Hubermann lava y plancha para los ricos de Molching pero tiene vocación de rica; quizá por eso es brusca y malhablada, aunque verdaderamente aprecia a Liesel y sus modales rudos no son más que una manera de educarla para que sea lo que considera una mujer de provecho. El mejor amigo de Liesel es Max: alto, desgarbado, judío; con el cabello como un puñado de plumas. Todo lo que cabría esperar de alguien que llega en mitad de la noche pidiendo auxilio a un hombre al que ni siquiera conoce. Rudy Steiner es vecino de Liesel y tiene una obsesión aún más grande que la de ser como Jessy Owens: besar a nuestra pequeña ladronzuela. 

A partir de estos cinco personajes, Zusak crea una trama en la disecciona la Alemania nazi de la Segunda Guerra Mundial: las desigualdades sociales encarnadas en Rosa, el desacuerdo de una parte de la población con los planes del Führer personalizados en Hans, el horror de todo un pueblo (el judío) hecho carne en Max, la solidaridad por lo que crees justo por encima incluso de la familia simbolizado en la protección de Hans brinda a un judío aún a costa de perder para siempre la relación con su hijo pronazi. Y cómo los pequeños detalles como rescatar un libro de una hoguera pueden traer consecuencias peores que quemarte las manos: pueden suponer la muerte. Incluso aunque seas una niña. 

Pero La ladrona de libros es mucho más que un relato costumbrista sobre el horror. Mucho más que otro libro con la excusa del Holocausto. Muchísimo más que una novela juvenil. La ladrona de libros es mucho más que una forma original y única de contar a través de la Muerte en la que los colores que se describen, las palabras que se pronuncian y los libros que se roban (o sobre los que se escribe otra historia después de blanquear sus páginas) son elementos fundamentales para entender la profundidad del argumento. Mucho más que guiños tipográficos que ayudan a seguir la historia desde el punto de vista de su narradora y aparecen como pequeños parterres florecidos entre sus páginas. Es mucho más que un intento por limpiar la imagen de la parca, tan denostada, aunque nos cueste creer eso que nos dice de que ella es justa. 

La ladrona de libros es mucho más. Es la necesidad de escapar al horror de la guerra a través de la mente, de la creatividad, leyendo y escribiendo. Es la solidaridad entre personas por encima de ideas y lazos familiares. Es la justicia hasta sus últimas consecuencias. Es la necesidad de seguir siendo persona aunque todo carezca de sentido alrededor. Es la constatación de que el conocimiento es lo único que nos ayuda a conservar nuestra humanidad y nos hace libres. Es una demostración de que, por encima de divisiones artificiales están los sentimientos y que, a veces, no se pueden dominar ni siquiera aprendiéndote de memoria los preceptos de Mein Kampf. Es la necesidad de guardar silencio para salvar la vida y pasarse luego la vida odiándose por no haber muerto. Por haber guardado silencio. Es el mundo visto a través de los ojos de una niña que sólo quería leer y robaba libros para no olvidar sus momentos importantes. Es la vida abriéndose paso entre el gris. La promesa de un beso. En el aire. Incluso después de lo de la Himmelstrasse. Y no saber cuántas veces tendrás que despedirte, para que baste. 

La ladrona de libros es, en mi opinión, una obra de arte. Tanto en la forma como en el fondo. Emociona sin necesidad de caer en la sensiblería o los clichés. Emociona por sí misma porque cada una de las palabras escogidas son las necesarias, las auténticas. Sin adornos ni artificios que desvíen la atención de lo importante. Está maravillosamente escrito de la primera línea a la última. 

Si aún no lo has leído, te recomiendo que lo hagas. Aunque solo sea porque no es muy común que la Muerte se siente a contarte una historia... ni a leer un libro que muere durante un bombardeo y que ha sido escrito por una niña en un sótano.

Publicado por Casiopea